PENSAR, CREAR, DECIDIR: EL PODER DE UNA NUEVA ESTRATEGIA DE EDUCACIÓN
- Divergente Iberoamérica

- 10 nov 2025
- 2 Min. de lectura

POR: CÉSAR HARFUCH (México)
México enfrenta un déficit estructural en su modelo educativo: Forma para memorizar, no para decidir. Aunque la educación es el motor del desarrollo nacional, la inversión del 4.6% del PIB limita la innovación y la capacidad del sistema para responder a los retos sociales, laborales y tecnológicos. Es necesario un enfoque educativo que promueva el pensamiento estratégico, la inteligencia emocional como habilidades adquiridas en la formación.
Desde mi experiencia en el ámbito político, he aprendido que la educación es mucho más que un tema administrativo cada política educativa refleja el tipo de país que aspiramos a ser; por eso el debate sobre su rumbo debe darse con una mirada integral, que conecte el desarrollo humano con la innovación.
Uno de los desafíos más urgentes es la incorporación de la Inteligencia Artificial (IA) en los procesos educativos. Más que una herramienta tecnológica, es una oportunidad para personalizar la enseñanza y fortalecer el pensamiento crítico. Su aprovechamiento exige una alfabetización digital responsable y crítica. Desde la política, este avance debe impulsarse con visión de futuro, garantizando que la innovación cierre brechas de desigualdad y genere oportunidades.
La educación financiera también ocupa un lugar central. Su ausencia ha dejado a generaciones vulnerables frente al endeudamiento y la dependencia económica. De acuerdo con cifras de la Encuesta Nacional de Educación Financiera el 65% de los mexicanos gasta más de lo que gana, y solo el 8% ha recibido formación financiera en la escuela.
Dominar el manejo del dinero implica mucho más que ahorrar; significa saber gastar con criterio, generar ingresos sostenibles, usar el crédito como herramienta de crecimiento e invertir con propósito. Desde mi experiencia al frente de espacios políticos, he visto cómo la falta de educación financiera también se refleja en problemáticas sociales más amplias, como la dependencia económica que afecta a millones de mujeres, de las cuales no pueden romper con sus agresores por razones de dependencia económica.
Cualquier reforma educativa sería incompleta sin reconocer la salud mental como base del aprendizaje. La presión económica, la incertidumbre y la hiperconectividad digital han aumentado los niveles de depresión y ansiedad en la sociedad. Desde la gestión pública, debemos entender que la salud mental no es un asunto secundario, sino una inversión en estabilidad y productividad social.
Desde una visión integral, la educación mexicana debe avanzar sobre tres ejes fundamentales: Educación financiera como competencia básica; formación digital como herramientas para el pensamiento crítico e innovador; y salud mental escolar como política educativa permanente.
México no necesita más escuelas, sino una nueva forma de aprender: una educación que enseñe a pensar, decidir y liderar con empatía. Invertir en la formación financiera, emocional y tecnológica no es solo una estrategia educativa, sino una apuesta política por el desarrollo.










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