top of page

EL TRUMPISMO COMO ADVERTENCIA: CÓMO AMENAZA A LAS INSTITUCIONES EN AMÉRICA LATINA

  • Foto del escritor: Divergente Iberoamérica
    Divergente Iberoamérica
  • hace 6 días
  • 4 Min. de lectura

POR: HELIOS RUÍZ (México)


Las democracias, se suele decir, no mueren de golpe. Se deterioran lentamente, casi en silencio, hasta que un día despiertan irreconocibles. Lo que está ocurriendo bajo el segundo mandato de Donald Trump no solo representa un desafío interno para Estados Unidos, sino también un espejo incómodo para América Latina. No se trata únicamente de lo que Trump dice o hace, sino de lo que representa su estilo de gobernar: una forma de ejercer el poder que erosiona la institucionalidad democrática, desprecia los contrapesos y alimenta la idea de que el líder está por encima de las reglas.


Este fenómeno, conocido ya ampliamente como trumpismo, no es exclusivo de un país ni de una ideología. Es una forma de entender la política basada en el personalismo, el ataque sistemático a las instituciones y el desprecio por los límites legales cuando estos incomodan al poder. En América Latina, donde nuestras democracias todavía están en construcción, los ecos de esta forma de gobernar ya se sienten con fuerza.


Durante su primer año en este segundo mandato, Trump ha hecho explícita su intención de controlar o neutralizar las instituciones que no le son funcionales. Desde su confrontación con la Reserva Federal, a la que ha acusado de sabotear su política económica, hasta la presión ejercida sobre las cortes federales, el patrón es claro: quien no se alinea con su visión es considerado un enemigo. Esta lógica ha ido más allá del discurso, materializándose en presiones públicas a jueces, ataques en redes sociales, e intentos por condicionar el sistema judicial a sus intereses políticos.


La amenaza institucional no se limita al ámbito interno estadounidense. América Latina ha sido históricamente vulnerable a este tipo de liderazgos que erosionan el equilibrio de poderes. Lo vivimos con regímenes que se perpetúan debilitando las cortes, subordinando los organismos de control y reduciendo la independencia de las fiscalías. Trump, con su estilo desafiante y su desprecio por la institucionalidad, ofrece un modelo que algunos líderes regionales podrían querer imitar o justificar.


Basta mirar cómo, en varios países latinoamericanos, el ejemplo del trumpismo ha servido de inspiración para atacar a medios críticos, judicializar la política, o concentrar poder en el Ejecutivo. La narrativa del enemigo interno, del “sistema corrupto” que debe ser combatido desde el liderazgo fuerte, ha ganado terreno. Y lo más preocupante: con el respaldo de parte de la ciudadanía, cansada de la lentitud institucional y del desgaste de la política tradicional.


Uno de los pilares más afectados por el trumpismo, y su eventual exportación simbólica a América Latina, es el principio de separación de poderes. Cuando un gobierno se dedica a perseguir jueces, a condicionar decisiones judiciales o a ridiculizar públicamente a quienes no siguen su línea, no solo se socava la justicia, sino que se instala un peligroso precedente: que la ley es válida solo cuando sirve al poder.


En la región, ya hemos visto cómo esta lógica ha desmantelado instituciones clave. La manipulación del poder judicial en Nicaragua, la cooptación de cortes en Venezuela, o los intentos de modificar las reglas del juego en otros países del continente, siguen el mismo guión: gobernar sin frenos, sin límites, sin oposición efectiva.


Pero también está el impacto indirecto del trumpismo: su uso como excusa. Porque cuando un líder latinoamericano es cuestionado por debilitar la democracia, puede simplemente señalar a Estados Unidos y decir: “Si allá lo hacen, ¿por qué aquí no?”. Es el riesgo de la normalización del autoritarismo bajo ropajes democráticos.


Y es que el trumpismo no necesita de un golpe de Estado para avanzar. Su gran peligro es que se presenta envuelto en discursos de legalidad, apelando al pueblo, usando los medios de comunicación para deslegitimar a las instituciones, y sembrando desconfianza hacia todo lo que no sea el propio líder. Es una erosión lenta, pero devastadora.


Por eso, América Latina debe estar alerta. No basta con ver a Trump como un fenómeno externo. Debemos preguntarnos: ¿estamos fortaleciendo nuestras instituciones o debilitándolas? ¿Estamos educando a nuestras sociedades para valorar el Estado de derecho o estamos normalizando el desprecio por la legalidad? ¿Qué tipo de liderazgo estamos promoviendo?


Como consultores en comunicación política, nuestra tarea no es solo analizar lo que ocurre, sino advertir lo que puede ocurrir. Porque hoy, más que nunca, la defensa de la institucionalidad debe ser una prioridad. No solo para preservar la democracia en abstracto, sino para proteger los derechos, las libertades y la dignidad de nuestras sociedades.


El trumpismo, como forma de hacer política, no es exclusivo de Trump. Es una actitud, una narrativa, una estrategia. Y como tal, puede replicarse fácilmente en contextos donde la institucionalidad es frágil y el desencanto social es alto. América Latina ha vivido demasiado con ese riesgo como para ignorar sus señales.


Lo que está en juego no es simplemente un estilo de liderazgo. Es la posibilidad de seguir construyendo democracias sólidas, con instituciones fuertes y ciudadanos informados. Porque si permitimos que el poder se imponga sobre la ley, si toleramos que el miedo reemplace al diálogo y que la fuerza sustituya al consenso, entonces no será solo un espejo lo que tengamos frente a nosotros. Será nuestro propio reflejo.

 



 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación

© 2020 Derechos reservados

bottom of page