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LA DERECHA COLOMBIANA TIENE EL VOTO, PERO LE FALTA EL RELATO.

  • hace 3 días
  • 4 Min. de lectura

Por Helios Ruíz (México)


Gustavo Petro les hizo el regalo político más grande de la campaña. El primero de mayo, desde la Plaza de Bolívar, anunció su propuesta de Asamblea Nacional Constituyente. Era el blanco perfecto, la bala que cualquier candidato de oposición hubiera soñado recibir a menos de un mes de la primera vuelta. Y la derecha colombiana, con toda su ventaja acumulada, respondió exactamente igual. Abelardo de la Espriella dijo que era "un horror que no vamos a tolerar". Paloma Valencia dijo que "la constituyente no resuelve ninguno de los problemas reales del país". Dos candidatos distintos. Dos mensajes prácticamente idénticos. Dos campañas que, sin quererlo, le demostraron al país su problema más profundo: no es que no tengan votos. Es que no tienen relato propio.


Las encuestas de mayo cuentan una historia que parece sencilla pero esconde una complejidad estratégica enorme. Iván Cepeda lidera con entre el 38 y el 44 por ciento de intención de voto, según la firma que uno consulte. Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia suman juntos, en casi todas las mediciones, más que él. La aritmética es favorable para la derecha. La narrativa, no. Porque mientras Cepeda avanza con un mensaje unificado, construido desde la colectividad y la promesa de continuar un proyecto, la derecha colombiana llega a la recta final de la campaña enredada en una pelea interna que no es ideológica sino comunicacional: ¿quién tiene el mejor nombre para derrotarlo?


Hay una diferencia fundamental entre tener votantes y tener un relato. Los votantes te llevan a la primera vuelta. El relato te lleva a la segunda. Y aquí está el corazón del problema: Cepeda construyó una narrativa de causa. La derecha construyó una narrativa de oposición. Una dice hacia dónde va. La otra dice únicamente de qué viene huyendo.


No es un problema nuevo. Es el problema crónico de la derecha latinoamericana cuando enfrenta una izquierda con identidad definida. En Colombia, el uribismo funcionó durante veinte años porque tenía un relato potente, emocional y territorial: seguridad, autoridad, fe en el Estado fuerte. Ese relato se agotó, no por sus ideas, sino porque el mundo cambió y las campañas que lo heredaron no supieron renovarlo. Paloma Valencia intenta construir sobre esa base sin el cemento que la sostenía. De la Espriella intenta construir desde cero, con una narrativa de los "nunca", los "nadie" y los "de siempre" que tiene fuerza simbólica pero todavía no ha logrado masificarse.


Lo que revelan los estudios de comunicación sobre ambas campañas es iluminador. Según un análisis del Observatorio de Redes Sociales de la Universidad Católica de Colombia, De la Espriella dirige su comunicación al sector privado y empresarial, con un discurso de autoridad y securitización de los problemas. Valencia, por su parte, utiliza eventos y contextos específicos para reforzar identidades territoriales. Dos estrategias distintas. Dos públicos distintos. El problema es que a menos de un mes de la primera vuelta, esa diferenciación no debería existir entre dos candidatos que compiten por el mismo electorado: el voto anti-Cepeda.


El episodio más revelador de esta semana fue la reacción de De la Espriella ante las encuestas que mostraban el repunte de Valencia. "La paloma no alcanza lo que el tigre puede conseguir", dijo con una mezcla de humor y tensión que capturó perfectamente el estado de la campaña. Es una frase que comunica bien la rivalidad pero comunica mal la causa. Porque el votante indeciso, ese ciudadano que según las mediciones más recientes representa casi el 23 por ciento del electorado sin identificación política clara, no vota por el tigre ni por la paloma. Vota por quien le dice con mayor claridad qué país viene después de Petro.


Esa pregunta, que es la pregunta central de esta elección, ninguno de los dos candidatos ha respondido todavía con suficiente fuerza narrativa. Ambos saben lo que quieren evitar. Ninguno ha logrado construir, con la urgencia que requiere el momento, una imagen de destino lo suficientemente poderosa como para movilizar a quienes hoy miran la campaña desde la tribuna de la indiferencia.


Vale la pena recordar el caso que sigue siendo el espejo más útil para entender este fenómeno. En 2022, Gustavo Petro no ganó porque la izquierda colombiana tuviera más votos que nadie. Ganó porque construyó una narrativa que hacía sentir a millones de personas que había algo que perder si él no llegaba. Esa narrativa, poderosa y divisiva al mismo tiempo, convirtió una elección de cifras en una elección de significados. La derecha colombiana de 2026 tiene los números del lado. Lo que no tiene, todavía, es esa capacidad de hacer sentir al electorado que hay algo que ganar, y no solo algo que evitar.


El tiempo se acaba. El 31 de mayo está a la vuelta de la esquina. Y la pregunta que debería quitarles el sueño a los estrategas de ambas campañas no es quién va primero en las encuestas, sino esta: ¿puede ganar una elección quien todavía no sabe contarse a sí mismo?

 


 
 
 

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