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LA ENCUESTA QUE NADIE PUEDE VER

hace 4 horas
2 min de lectura

Por: Helios Ruiz (México)


Morena construyó buena parte de su legitimidad interna sobre una promesa: aquí no hay dedazo, aquí decide la gente a través de encuestas. Fue una idea poderosa porque rompía, al menos en el discurso, con la vieja práctica priista de que el candidato lo elegía el de arriba. Hoy esa promesa enfrenta su prueba más difícil, y no por el método en sí, sino por lo que se decidió no mostrar.

 

El proceso para definir a los coordinadores estatales rumbo a las diecisiete gubernaturas de 2027 dejó heridas visibles. Las primeras diez designaciones provocaron fisuras entre morenistas y un distanciamiento con el Partido del Trabajo, que abandonó el proceso y acusó maltrato y desdén. Morena decidió mantener bajo reserva los datos completos de las encuestas, argumentando que se trata de información privada de un proceso interno. El contraste con el pasado reciente es inevitable: en el proceso presidencial de 2023 el partido sí hizo públicos los resultados de las mediciones. 

 

El malestar ya tiene nombres y lugares. En Quintana Roo, Eugenio Segura obtuvo la coordinación entre gritos de "fraude" de acompañantes de Rafael Marín Mollinedo, quien acató el resultado pero rechazó sumarse al equipo ganador. En Zacatecas, la presentación de Verónica Díaz estuvo marcada por expresiones de rechazo al monrealismo. En Michoacán, el senador Raúl Morón, que había dicho aceptar el resultado, reunió a sus seguidores para consultar qué ruta tomar. Y el PT exige lo básico: encuestas espejo levantadas por empresas propuestas por ellos, no por Morena. 

 

La dirigencia respondió con firmeza: Ariadna Montiel sostuvo que las definiciones son definitivas y que no habrá segundas encuestas. Desde Palacio Nacional, en cambio, el tono fue distinto. La presidenta Sheinbaum defendió el método y rechazó que haya dedazo, aunque consideró conveniente publicar resultados y metodología. Esa diferencia de matiz es significativa: la presidenta entiende algo que la dirigencia parece estar subestimando. 

 

En comunicación política, la legitimidad de un método depende menos de su rigor técnico que de su verificabilidad. Una encuesta puede estar impecablemente levantada, pero si nadie puede ver los números, deja de ser un instrumento de certeza y se convierte en un acto de fe. Y la fe es un recurso escaso cuando hay perdedores, grupos y ambiciones de por medio. El secreto convierte un método democrático en una caja negra, y en política toda caja negra termina siendo leída como dedazo con otro nombre.


El riesgo electoral es concreto. Morena llega a 2027 como fuerza dominante, pero las derrotas de los partidos hegemónicos rara vez empiezan afuera: empiezan con aspirantes resentidos que encuentran otra puerta, aliados que negocian con amenaza de ruptura y bases que se desmovilizan porque sienten que su voto interno no contó. La llamada "operación cicatriz" puede calmar a algunos, pero ninguna cicatriz cierra bien si la herida se quedó sin explicación.

 

La salida está en manos de la propia dirigencia y es más sencilla de lo que parece: abrir los datos. Si las encuestas respaldan las decisiones, publicarlas fortalece a los coordinadores y desarma a los inconformes. Si no las respaldan, el problema es mucho más grave que una polémica. En cualquier caso, la pregunta queda en el aire: si los números despejan las dudas, ¿qué se gana ocultándolos?

 


 
 
 

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