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LA BOLETA DONDE NO APARECÍA TRUMP

hace 12 horas
3 min de lectura

Por: Helios Ruíz (México)


"Yo no estaba en la boleta". Con esa frase, publicada en sus redes tras la derrota, Donald Trump intentó explicar lo ocurrido el 3 de noviembre. Agregó que, de haber sido candidato, habría ganado "por paliza". Es una defensa ingeniosa, pero choca con un dato incómodo: casi seis de cada diez votantes dijeron que el presidente fue un factor en su voto para la Cámara de Representantes. Trump no estaba en la boleta, pero estaba en todas partes.


Por eso la pregunta que hoy se hacen analistas de todo el continente merece una respuesta seria: ¿perdieron los republicanos o perdió Trump? Los números apuntan con bastante claridad hacia el segundo. Las encuestas de salida colocaron su aprobación en 38 %, la más baja registrada para un presidente en una elección intermedia. Casi nueve de cada diez votantes dijeron que el costo de vida pesó de forma decisiva en su decisión, y cerca de dos terceras partes consideraron que sus políticas, aranceles incluidos, empeoraron la economía. La gasolina llegó a un promedio de 4.15 dólares por galón el día de la elección, el más alto jamás registrado en una jornada electoral, de acuerdo con la asociación automovilística AAA. Ningún discurso puede competir con lo que el ciudadano paga cada semana en la gasolinera.


El mapa confirma el diagnóstico. Los demócratas ganaron contiendas al Senado en estados donde Trump se había impuesto por márgenes de entre 11 y 18 puntos apenas dos años antes, como Ohio, Iowa, Texas, Kansas y Carolina del Sur. Los independientes, que en 2024 se repartieron casi por mitades, esta vez favorecieron a los demócratas por unos 17 puntos. Y varios de los respaldos personales del presidente, que en otro momento eran garantía de triunfo, terminaron pesando en contra de sus candidatos.


Ahora bien, sería un error absolver por completo al Partido Republicano. Una elección intermedia siempre es un referéndum sobre quien gobierna, pero esta vez el partido decidió convertirla en un plebiscito sobre una sola persona. Durante años, el republicanismo renunció a tener una identidad propia y la sustituyó por la marca de su líder. Cuando el partido y el líder son lo mismo, no hay cortafuegos: si cae la aprobación del presidente, cae todo lo demás. La derrota no fue de las ideas conservadoras en abstracto, porque Florida eligió a un gobernador republicano y Nebraska conservó su escaño en el Senado. Fue la derrota de un modelo que ató el destino de toda una organización al humor de un solo hombre.


La reacción de Trump confirma esa lectura. Primero dijo que no estaba en la boleta. Luego responsabilizó al gobernador de Texas, Greg Abbott, a quien llamó "republicano solo de nombre" por haber perdido. En comunicación política, a esto se le llama narrativa de exoneración: el líder se separa de la derrota y la deposita en otros. Funciona con la base más fiel, pero tiene un costo enorme para el partido, porque cada candidato republicano que aspire a 2028 tendrá que decidir si hereda la marca o se aleja de ella. Y esa decisión, que ya empezó a discutirse en voz baja, será la verdadera batalla de los próximos dos años.


Hay además una lección que trasciende a Estados Unidos. El votante no castigó un discurso, castigó resultados. Durante meses, la Casa Blanca apostó a que la narrativa, la confrontación permanente y la sensación de fuerza bastarían para sostener el respaldo. No alcanzaron frente al precio de los alimentos, la incertidumbre de los aranceles y una guerra con Irán que buena parte del electorado no entendió ni respaldó. Cuando la conversación pública se aleja de la vida cotidiana, la vida cotidiana termina imponiéndose en las urnas.


Entonces, ¿perdieron los republicanos o perdió Trump? Perdieron ambos, pero no en la misma proporción ni por las mismas razones. Trump perdió porque gobernó de espaldas al bolsillo de la gente. El partido perdió porque hace tiempo decidió no tener otro rostro que el suyo. La pregunta que queda abierta, y que deberían hacerse también muchos partidos en América Latina, es qué hace una organización política cuando descubre que entregó toda su identidad a un liderazgo que ya no le garantiza victorias.

 
 
 

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