EXPECTATIVAS IMPOSIBLES: EL CICLO GLOBAL DEL DESENCANTO POPULISTA
- Divergente Iberoamérica

- 6 ene
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POR: HELIOS RUÍZ (México)
En la arena política contemporánea, una tendencia se repite con una inquietante regularidad: candidatos carismáticos que, durante sus campañas, despiertan una oleada de esperanza, promesas desbordantes y expectativas casi mesiánicas. Son figuras que, desde los extremos ideológicos, logran conectar con el sentir ciudadano como pocos. Su narrativa suele ser sencilla, directa y emocionalmente poderosa: ellos son “el cambio”, “la solución”, “la última oportunidad”.
Estos candidatos, que florecen tanto en la izquierda como en la derecha, tienen un rasgo común: prometen más de lo que la realidad puede ofrecer. Y lo hacen con tal convicción que no solo conquistan votos, sino que generan una devoción política que raya en lo personal. Pero cuando el fervor electoral se convierte en gestión, y las promesas deben traducirse en políticas públicas, los límites del sistema, la economía o incluso la gobernabilidad democrática, imponen su ley. Y es ahí donde empieza el desencanto.
Este patrón no es exclusivo de una región o de un contexto cultural. Lo estamos viendo en América Latina, en Europa, en Estados Unidos, en Asia. La narrativa populista se ha globalizado, y con ella, también el círculo vicioso de la decepción.
Lo más preocupante de este fenómeno no es la frustración de las promesas incumplidas; algo que en política lamentablemente no es nuevo, sino lo que ocurre después. Cuando los resultados no llegan, muchos ciudadanos, en lugar de hacer un análisis crítico y racional de lo ocurrido, optan por una forma de autoengaño: justifican lo injustificable, ignoran los datos, se abrazan a teorías que les permiten seguir creyendo. No quieren admitir, ni ante sí mismos, que fueron nuevamente decepcionados. No soportan pensar que otro político los usó, que su esperanza fue, una vez más, moneda de cambio.
Y así, surgen explicaciones ilógicas, interpretaciones forzadas, teorías conspirativas. Porque cuando la verdad duele, la mente humana tiende a buscar consuelo en la ficción. Esta resistencia a la realidad es comprensible desde lo emocional, pero peligrosísima desde lo democrático. Porque erosiona el juicio crítico, mina la confianza en las instituciones y nos vuelve más vulnerables al próximo encantador de serpientes que prometa lo imposible.
¿Qué podemos hacer frente a esto? En primer lugar, exigir más honestidad durante las campañas. No solo de los candidatos, sino también de nosotros, los ciudadanos. No podemos seguir premiando al que promete más, sino al que promete mejor. Al que se atreve a decirnos que los cambios profundos toman tiempo, que los problemas complejos no tienen soluciones mágicas, que la política no es un acto de fe, sino un trabajo constante, a menudo gris, de construir consensos y tomar decisiones difíciles.
También necesitamos una ciudadanía que sepa tolerar la frustración sin caer en el cinismo. Que entienda que ningún líder, por brillante que sea, podrá transformar un país en pocos meses. Y que, lejos de idealizar a los políticos, los vea como lo que son: servidores públicos imperfectos, sujetos a límites, pero también responsables de lo que prometen.
El desencanto político es hoy una epidemia global. Y mientras no entendamos que la democracia no puede sostenerse sobre expectativas imposibles, seguiremos cayendo, una y otra vez, en el mismo ciclo de ilusión, decepción y rabia. Salir de él requiere más realismo, más madurez ciudadana y, sobre todo, una nueva forma de liderar: menos espectacular, más comprometida. Menos ruidosa, más honesta.










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