PERÚ: CUANDO EL RELATO NO ALCANZA Y LA OPACIDAD LO DESMORONA TODO
- 25 feb
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POR: HELIOS RUÍZ (México)
La reciente destitución de José Jerí por parte del Congreso peruano vuelve a colocar al país en un terreno que ya le resulta incómodamente familiar: la inestabilidad política en la antesala de un proceso electoral. A pocos meses de las elecciones generales del 12 de abril, la caída del presidente interino no solo sacude la coyuntura institucional, sino que deja una lección clara para cualquier gobierno de transición en América Latina: cuando la legitimidad es frágil, la comunicación no es un accesorio, es el cimiento.
El episodio que precipitó su salida —reuniones no transparentadas con un empresario chino y acusaciones de irregularidades— puede analizarse desde muchos ángulos jurídicos y políticos. Pero hay uno que suele subestimarse y que, sin embargo, resulta determinante: el ángulo comunicacional. No se trata únicamente de lo que ocurrió, sino de cómo se explicó, cuándo se explicó y qué información quedó en la sombra.
En contextos interinos, el margen de error es mínimo. Un presidente que no surge de una elección directa o que asume en medio de una crisis parte de una legitimidad más débil. No tiene el “crédito simbólico” que otorgan las urnas ni el tiempo suficiente para consolidar confianza. Por eso, cada decisión y cada gesto cuentan el doble. La narrativa pública debe construirse con coherencia y, sobre todo, con trazabilidad.
¿Qué significa trazabilidad en términos simples? Que cada reunión tenga registro público; que cada agenda sea accesible; que cada criterio de decisión pueda explicarse sin rodeos; que las vocerías sean consistentes y no contradictorias. La ciudadanía no exige perfección, pero sí claridad. Cuando un gobierno no ofrece información completa y oportuna, deja un vacío. Y en política, los vacíos no permanecen vacíos: los llena el adversario, los llena la sospecha, los llena la especulación.
La experiencia peruana demuestra, una vez más, que la sospecha viaja más rápido que la explicación. En la era digital, un rumor puede expandirse en minutos, mientras que una aclaración institucional tarda horas o días en organizarse. Si además esa aclaración llega fragmentada o con versiones distintas, el daño se multiplica. El problema no es solo el hecho puntual, sino la percepción de opacidad.
En América Latina hemos visto este patrón repetirse. Gobiernos transitorios que intentan concentrarse en la gestión técnica y descuidan el frente comunicacional, creyendo que “hacer bien las cosas” será suficiente. Pero la política contemporánea no se sostiene únicamente en la gestión; se sostiene en la confianza pública. Y la confianza es una construcción narrativa que se alimenta de transparencia, coherencia y anticipación.
Para los gobernantes que hoy enfrentan escenarios de transición o de legitimidad ajustada, la lección es clara: la comunicación no es difusión de logros ni simple rueda de prensa. Es blindaje de legitimidad. Implica anticipar preguntas incómodas, publicar agendas antes de que las pidan, explicar criterios antes de que los cuestionen. Implica comprender que cada silencio puede interpretarse como ocultamiento.
También requiere disciplina interna. No puede haber mensajes cruzados entre ministros, asesores y portavoces. En momentos delicados, la consistencia es tan importante como la verdad. Una sola contradicción puede erosionar semanas de trabajo comunicacional.
El caso peruano no es solo un episodio más de crisis institucional; es un recordatorio de que, en contextos frágiles, el relato no puede sostenerse sobre la opacidad. Cuando la legitimidad depende de cada detalle, la transparencia deja de ser un valor abstracto y se convierte en una estrategia de supervivencia política.
De cara a las elecciones del 12 de abril, el desafío para quien asuma la conducción del país será doble: estabilizar la gobernabilidad y reconstruir la confianza. Y esa reconstrucción no empezará en los grandes discursos, sino en los pequeños gestos cotidianos de apertura y claridad.
Para los líderes latinoamericanos que observan este episodio, la advertencia es evidente: si no cuentan su historia con datos verificables y conducta coherente, otros la contarán por ustedes. Y cuando el relato se rompe por la opacidad, recuperarlo puede ser mucho más difícil que perderlo.






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