EL ELOGIO DEL SILENCIO
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Por: Helios RuÃz (México)
Hay dictaduras que se sostienen sobre la mentira y otras que, tarde o temprano, se cansan de mentir. Daniel Ortega acaba de cruzar esa frontera. El pasado 19 de julio, durante la conmemoración del cuadragésimo séptimo aniversario de la Revolución Sandinista, el presidente de Nicaragua dijo en voz alta lo que sus actos venÃan gritando desde hace años: "aquà no volverá a haber elecciones". No lo dijo como amenaza velada ni como exabrupto de discurso. Lo dijo como programa. Anunció que la Asamblea Nacional, que controla por completo, aprobará leyes para ponerle "un muro" a la oposición, a la que llamó golpista y vendepatria.
Lo notable no es el hecho jurÃdico, porque nada cambió esa tarde: Nicaragua ya era una autocracia sin competencia real desde hace tiempo. Lo notable es el hecho comunicacional. Los regÃmenes autoritarios suelen conservar con celo la ficción electoral, porque la necesitan como fuente de legitimidad, como coartada frente al mundo, como espejo en el que mirarse y decirse que todavÃa son algo parecido a una democracia. Ortega renunció a esa ficción en público. Y renunciar a la mentira que te sostiene no es un gesto de fuerza: es una confesión.
Lo dijo con precisión un opositor desterrado, Félix Maradiaga, excarcelado y expulsado del paÃs en 2023: las palabras de Ortega "no constituyen una demostración de fuerza, sino una confesión de miedo". Quien de verdad controla no necesita anunciar que va a cerrar las puertas; simplemente las mantiene cerradas y sonrÃe. El que las clausura a los gritos está admitiendo que teme lo que podrÃa entrar por ellas. La Organización de Estados Americanos lo formuló sin rodeos: el régimen "ha abandonado la democracia, incluso la apariencia de ella". Panamá llamó a consultas a su embajador. República Dominicana condenó. La Unión Europea, Perú, Brasil, Bolivia y Estados Unidos reaccionaron. El mapa de la indignación se dibujó rápido.
Con una ausencia que pesa. Este lunes 27 de julio, preguntada de frente por el anuncio de Ortega, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, respondió con una fórmula que ya conocemos de memoria: "Primero es la autodeterminación de los pueblos, lo que decida el pueblo de Nicaragua, y nosotros siempre estamos de acuerdo con la democracia en todos sus términos". Es la doctrina Estrada convertida en refugio: México no califica a otros gobiernos, respeta la no intervención, se abstiene de juzgar. Dicho asÃ, suena a principio. Mirado de cerca, funciona como coartada.
Porque aquà está la trampa que ningún analista honesto puede pasar por alto: esa doctrina no se aplica de forma pareja. El mismo movimiento polÃtico que hoy invoca el respeto sagrado a la autodeterminación para no incomodar a Ortega intervino con entusiasmo en otros casos cuando le convino hacerlo, opinando sobre Ecuador y saliendo en defensa de Pedro Castillo tras su destitución en Perú. El silencio, entonces, deja de ser un principio y se revela como lo que es: una decisión. Y toda decisión comunica. Callar ante una autocracia que acaba de abolir las elecciones no es neutralidad; es un mensaje dirigido a quien sabe leerlo. Le dice al régimen que puede contar con la comodidad de México. Le dice a la oposición nicaragüense que no espere solidaridad de ese lado. Le dice a la región que hay democracias dispuestas a mirar hacia otro lado cuando el que apaga la luz es de la familia ideológica correcta.
El principio de no intervención existe para proteger a los pueblos de las potencias que quieren decidir por ellos. Usarlo para blindar a un gobernante que decidió que su pueblo no vuelva a decidir es voltear el principio contra sà mismo. Es convertir el escudo en cortina.
Ortega tuvo, al menos, la brutal franqueza de decir en voz alta lo que piensa. La pregunta que queda es más incómoda para quienes se dicen demócratas: ¿cuánto vale una defensa de la democracia que se calla justo cuando más ruido harÃa falta?
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