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La agonía del voto amarrado en Colombia.


Durante muchos años las maquinarias políticas, esas que son conformadas por partidos políticos con gran capacidad electoral para mover las masas a su favor y hacerse con el poder en diferentes países, han creído de manera errónea que solo el potencial del voto amarrado es la garantía para ganar unas elecciones y sostenerse en los gobiernos por muchos años.


Para estos supuestos dueños de la verdad absoluta, es inconcebible obtener el triunfo en las urnas sin las grandes estructuras que ellos mismos acaparan bajo nombramientos y contratos en las diferentes instancias de poder, porque viven convencidos que sus creencias están por encima de lo que piensan hoy unos electores que por el contrario, cada vez más inclinan su decisión por las personas y no por un partido político.


Muchos de esos políticos aún creen equivocadamente que para los ciudadanos primero están las banderas y los colores de los partidos que la calidad humana, el carisma y la cercanía de los candidatos con los electores, porque así lo hicieron por muchos años en los que el “voto amarrado” les funcionó a la perfección. Pues nada más lejano a la realidad, porque hoy los electores piden a gritos que la agenda política se enfoque más en la gente.


Sin embargo, este gran paradigma ya está empezando a ser objeto de discusión luego de lo sucedido el pasado domingo 27 de mayo de 2018 en Colombia, fecha en la que se llevó a cabo la primera vuelta de las elecciones presidenciales, un día en el que sin lugar a dudas el constituyente primario le dio una gran lección a las maquinarias políticas tras el contundente rechazo que se reflejó en las urnas por el candidato Germán Vargas Lleras, en comparación con los resultados obtenidos por Iván Duque, presidente electo el 17 de Junio de 2018, Sergio Fajardo y Gustavo Petro; estos dos últimos, aspirantes entre los que se libró una emocionante disputa por los votos para quedarse con el tiquete a la segunda vuelta.


Para nadie es un secreto que Germán, quien se desempeñó como vicepresidente del gobierno de Juan Manuel Santos y tuvo gran manejo de importantes programas de infraestructura en Colombia, era el candidato de las grandes maquinarias porque detrás de él estaban los partidos con un amplio número de curules en el Congreso de la República, los mismos en los que se concentra la mayor capacidad de poder y gobernabilidad en el país.


Ante este fenómeno, se puede concluir que así como la palabra “maquinaria” puede ser sinónimo de poder, también es ser equivalente a rechazo; síntoma electoral que se viene presentando no solo en Colombia sino en varios países de Latinoamérica, donde la gente está cansada de los grandes escándalos de corrupción producidos precisamente por los miembros de esas estructuras que los han gobernado por muchos años.


En este orden de ideas, los políticos de hoy deben dejar de mostrar con orgullo sus apoyos burocráticos y sacar del primer lugar de la agenda electoral a los partidos, porque esto en lugar de mover a la gente, lo que está produciendo es un cansancio generalizado tal y como se vivió en esa primera vuelta electoral colombiana, donde el candidato de las maquinarias sufrió un fuerte golpe en las urnas, toda vez que la votación alcanzada, cifra que no estaba en los cálculos de ninguna casa política, ni siquiera le dio para disputar su entrada a la segunda vuelta.


Pero si al gran rechazo por las estructuras, le sumamos la falta de carisma y las salidas en falso que tuvo Germán Vargas Lleras no solo durante su vida pública, con el impase del coscorrón a uno de sus escoltas durante un acto público, sino sus expresiones pasadas de tono en los momentos de campaña, al responderle a una periodista “que preguntas tan chimbas” en plena entrevista radial, evidente actitud que ayudó generarle una mayor percepción de hombre soberbio y grosero que trata a todo el mundo como quiere, seguramente por creer que está por encima de todos sus colaboradores, podemos encontrar las razones de su gran catástrofe electoral.


Este fue un episodio triste para la campaña y sus seguidores. De nada le sirvió a Vargas Lleras tener experiencia en lo público, mostrar su trayectoria y capacidad de ejecución ampliamente demostrada durante su paso por la vicepresidencia a través de la entrega de viviendas gratis e importantes proyectos de infraestructura en todo el país, pues todo se pudo haber visto afectado por su cercanía con las estructuras de un gobierno como el de Santos, que a escasos días de concluir tiene unos índices de impopularidad bastante altos, o por ese juzgamiento implacable de los ciudadanos contra un personaje que ha demostrado no saber manejar sus emociones en situaciones complejas.


Todo esto me conduce a pensar que hoy las contiendas electorales en Colombia y muchas partes del mundo pasan por un proceso de transición que pide a gritos cambios sustanciales en la agenda, donde por encima de los partidos y colores políticos debe estar la gente, sus sueños, la realidad que viven y los problemas que se afronta desde cada territorio, que se piense más en lo que mueve a las personas y junto a las comunidades se construyan las propuestas que serán la bandera de campaña.


A juzgar también por lo ocurrido en la segunda vuelta presidencial en Colombia que dio como ganador al candidato de Iván Duque con más de 10 millones de votos, y el apoyo que tuvo su contendor, Gustavo Petro, con una importante cifra de más de 8 millones de sufragios a su favor; se puede concluir que la disputa electoral más allá de estar marcada por cuestiones de partidos, se vivió en la forma de conectar con las personas, en las redes sociales, en cada spot, en la plaza pública y en la forma vender unos discursos bastante opuestos, pero que al final estuvieron más allá de los temas de estructuras.


Atrás está quedando el voto amarrado en Colombia o por lo menos eso fue lo que se evidenció en este proceso presidencial que acaba de concluir, en el que muchos de los votantes más allá de responder a presiones de sus jefes políticos, votaron libremente por dos candidatos que supieron leer los deseos de la gente y que a través de su gran capacidad discursiva, lograron conectar emocionalmente con ellos, y por eso muchos de los seguidores de ambas campañas, se vieron motivados hasta a asumir una actitud participativa desde los medios tecnológicos o de manera más activa en calidad de voluntarios.


El voto amarrado está agonizando y este es un campanazo de alerta para las grandes estructuras políticas, porque a medida que va pasando el tiempo y se acercan los nuevos procesos electorales, el reto será persuadir o atraer a unos ciudadanos que hoy están inquietos por tener un rol en las decisiones que los afectan porque están sintiendo que quienes buscan representarlos, se están quedando en discursos del pasado, alejados de su mundo y sus problemas, es decir, en un mundo diferente al que vive la gente.


POR: ANDRÉS LIZARRALDE – CONSULTOR POLÍTICO Y PERIODISTA
#Duque #Colombia
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