COLOMBIA: LA ELECCIÓN QUE SE DECIDIÓ POR RELATO, NO POR DEBATE
- 15 jun
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Por: Helios Ruíz (México)
Por primera vez en décadas, Colombia llegará a una segunda vuelta presidencial sin que los dos finalistas se hayan enfrentado en un solo debate público. Y, sin embargo, a pocos días de la votación del 21 de junio, las encuestas ya muestran un resultado que muchos analistas atribuyen no a las propuestas de gobierno, sino a algo más elemental: una de las dos campañas construyó un relato y lo sostuvo desde el primer día, mientras la otra todavía está buscando el suyo. Esa diferencia, más que cualquier programa de gobierno, explica por qué la encuesta final de Guarumo y Ecoanalítica le da a Abelardo de la Espriella una ventaja de 52,6% frente a 45% de Iván Cepeda, una brecha que más que duplica la que tenía en la primera vuelta.
El relato de De la Espriella tiene nombre propio: la "patria milagro". Desde la primera vuelta, en la que obtuvo el respaldo de 10,3 millones de colombianos, el candidato ha construido una narrativa que combina religiosidad pública, simbolismo patrio y la promesa de mano dura. No es casual que, antes de su cierre de campaña en Buga, haya pasado más de una hora en una basílica, ni que haya hablado ante miles de personas vestido con la camiseta de la selección Colombia, prometiendo actuar "por la razón o por la fuerza de la ley". Es un relato que no necesita explicarse: se reconoce de inmediato, apela a emociones básicas (fe, orgullo, seguridad) y, sobre todo, se ha mantenido idéntico desde el primer discurso hasta el último. Un consultor en comunicación política citado por El Tiempo lo resumió con precisión: De la Espriella se mantiene en una coherencia narrativa desde lo que ha ido construyendo durante toda su campaña, fortaleciendo desde el inicio los elementos que ya le funcionaban.
El relato de Iván Cepeda, en cambio, ha sido un relato en construcción permanente, lo que en comunicación política suele ser sinónimo de relato ausente. Su campaña se ha definido, sobre todo, por lo que representa frente a otro: la continuidad del gobierno de Gustavo Petro. El problema de un relato de continuidad es que no es un relato propio, es un relato heredado, y hereda también sus desgastes. A eso se sumó un error de cálculo que pocos esperarían de una campaña experimentada: tras la primera vuelta, Cepeda desconoció inicialmente los resultados del preconteo, una decisión que analistas describieron como un mensaje de sumisión política a la Casa de Nariño que generó alarmas sobre su disposición a aceptar una eventual derrota. En comunicación política, hay pocos errores más costosos que sembrar dudas sobre las propias reglas del juego cuando se necesita, precisamente, que el árbitro parezca confiable.
La ausencia de debates entre los dos finalistas no es un detalle menor en esta historia: es, de hecho, la condición que permitió que la guerra de narrativas se librara sin contraste directo. Sin un escenario donde ambos candidatos tuvieran que responder en tiempo real a las preguntas del otro, cada relato pudo desplegarse en su propio terreno, ante su propio público, sin fricción. Esto favorece de manera desproporcionada a quien ya tiene un relato terminado y lo repite con disciplina, porque no hay momento en la conversación pública donde ese relato deba defenderse frente a una narrativa alternativa. Y favorece, en consecuencia, a quien llegó primero con una historia completa.
Hay también una dimensión que trasciende a Colombia y que cualquier consultor en comunicación política debería observar con atención: ambas campañas han recurrido a narrativas de amenaza y persecución, aunque de signo distinto. De la Espriella ha denunciado que comunidades de Cauca y Nariño estarían siendo presionadas por grupos armados para no votar por él, mientras Cepeda ha basado buena parte de su discurso en la idea de que su triunfo es necesario para proteger los avances sociales del gobierno saliente frente a quienes buscarían revertirlos. En contextos de polarización extrema, el miedo se ha convertido en el lenguaje común de todas las campañas, independientemente de su origen ideológico, porque es la emoción que más rápido moviliza y la que menos explicación requiere.
Lo que deja esta segunda vuelta, más allá de quién resulte ganador el 21 de junio, es una lección incómoda para quienes trabajamos en este oficio: en ausencia de debate directo, la elección no se gana necesariamente con el mejor plan de gobierno, sino con el relato que el elector pueda recordar, repetir y sentir como propio sin esfuerzo. Y cuando una de las dos campañas todavía está construyendo esa historia mientras la otra ya la tiene memorizada por el país entero, la pregunta que deberíamos hacernos no es solo quién va a gobernar Colombia, sino qué tan dispuestas están nuestras democracias a decidir su futuro a partir de quién contó mejor su historia, y no de quién tenía la mejor.






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